Claudia Favano integra el grupo “Rescatistas Unidos Zona Oeste” y hace una semana caminó más de 7 kilómetros para proteger a un animal maltratado. Su historia

Muchas veces dejé de comprarme cosas que me gustaban, o quería, porque siempre se necesita plata para los rescates, resume la mujer sobre el estilo de vida que asumió hace cinco años. Claudia Favano reparte sus días entre su trabajo en un comercio, el que hace en su hogar, charlas en escuelas sobre maltrato y crueldad hacia los animales, talleres para el voluntariado que se acerca al grupo que integra y el rescate de animales, caballos sobre todo. Así vive desde que vio a una yegua débil tirando de un carro y su vida cambió para siempre al convertirse en rescatista.

Algo asombroso pasó hace unos días. El viernes 23 de agosto, regresando del campo de Ezeiza donde encontraron más de 400 caballos acopiados y 25 muertos, recibió una alerta: un burro maltratado y retenido a un carrero necesitaba ayuda. Fue rescatado, pero al día siguiente había que llevarlo a un lugar seguro. No reunió el dinero para que se hiciera el traslado y sin dudarlo caminó en “zona caliente”, como define, al lado del animal más de 7 kilómetros para ponerlo a salvo.

El rescate de “Platero”

El burro esperó en la vereda de la comisaría de Rafael Castillo hasta que la Justicia lo dejó en custodia de un grupo de proteccionistas.

“Nos informaron que había un burro en una comisaría de la localidad de Rafael Castillo, en La Matanza, y enseguida se movieron las proteccionistas de la zona. Una mujer policía vio cómo un hombre lo obligaban a tirar de un carro más allá de sus fuerza y en muy mal estado, pero además en ese carro había un niño, entonces la oficial actuó de oficio“, contó Claudia a Infobae.

El burro —al que bautizaron Platero—quedó en la comisaría de Castillo a la espera de un veterinario que certificara su estado de salud y de una abogada que hiciera valer la Ley de 14.346. El informe, en parte, decía que el burro tenía las patas lastimadas por las herraduras gastadas y chicas. “Si hubiera pisado un clavo corría riesgo de contraer tétanos”, dijo Favano y agregó: “Después de varias horas, recién a la medianoche, le dieron la tenencia a una de las proteccionistas que estaba con él”.

Esa noche de rescate, Platero la pasó en el patio de su rescatista. Recibió atención veterinaria y los estudios confirmaron que la prueba de anemia era negativa, pero la buena nueva se opacó cuando las mujeres supieron que el burro debía seguir camino a su nuevo hogar, en Luján. La distancia, el horario en que llegó la orden de tenencia (cerca de la medianoche) y la falta de dinero hicieron que Claudia tomara una decisión.

“Platero estaba en una zona caliente, donde hay mucho cuatrerismo por lo que era necesario trasladarlo urgente. No conseguimos el batán así que decidí tomar una soga, atarlo, taparlo con una sábana y empezar a caminar con él. Con la ayuda de dos compañeras que iban custodiando a los costados en sus camionetas lo llevamos desde Rafael Castillo hasta Castelar“, resumió.

Conocedora de lo que sucede en la zona oeste del Conurbano, no dudó en sacar al animal de allí: “Caminamos en lo que llamamos ‘zona caliente’ porque hay muchas personas que usan carros con caballos, por eso caminar por ahí con un caballo o un burro es igual que hacerlo en otro barrio con una moto”, compara al contar que unió a pie las localidades de Rafael Castillo —La Matanza— y el sur de Castelar. La caminata se inició a las 3 de la tarde y terminó a las 10 de la noche.

“El trayecto de La Matanza lo hicimos custodiados por las camionetas que iban a los costados. Ya en Morón, lo hizo la policía”, explicó y asumió el peligro: “Íbamos con cuidado.Junto a otras proteccionistas impedimos que nos robaran el burro porque, además, quedamos como depositarias y al estar judicializado encima podríamos tener graves problemas”.

Rescatistas Unidos Zona Oeste en una manifestación contra el dictamen de mayoría que propone la reforma de la única ley que protege a los animales, la 14346.

¿Cómo fue pasar por esa “zona caliente”?

—Estábamos nerviosas porque los carreros podrían reconocernos. Suele pasar que alguno nos reconoce y nos grita porque les sacamos algún caballo que estaba en mal estado.

¿Corren peligro las personas que se dedican a rescatar animales?

—En realidad se corre riesgo porque a veces nos reconocen y nos dicen: “¡Vos me sacaste un caballo en tal lugar!”. En breve, por ejemplo, cuando estemos nuevamente en el puesto de control en la Peregrinación Gaucha a Luján seguramente nos reconocerán quienes les sacamos caballos. Pero es lo que elegí como vida y es difícil volver atrás.

El inicio del proteccionismo: la yegua que cambió la vida de Claudia

Azteca fue rescatada, pero no pudo ser salvada. Tenía anemia y debió ser sacrificada por disposición del Senasa.

Hace cinco años, Claudia comenzó a rescatar caballos. “Yo estaba en Morón y vi pasar un carro con una yegüita que cargaba una bañera de loza. La vi muy rara, mal. Entonces conté en mi Facebook esa situación, era de noche y  me dormí. Al despertar abro la cuenta y veo que mucha gente había comentado lo que escribí; así me di cuenta de que muchas personas amaban a los caballos igual que yo. De ahí se formó un grupo rescate y de más tarde nació Rescatistas Unidos Zona Oeste”.

Ese grupo fue integrado por 10 mujeres que iniciaron los primeros rescates en la zona y avanzaron con el objetivo de pelear contra la tracción a sangre. “Logramos hacer muchas cosas, entre ellas, hablar con las autoridades de los municipios de Morón, Hurlingham y Tres de Febrero para pedirles colaboración ante los casos de maltrato animal. Cuando alguno sucede, nos llaman”, revela.

Rescatistas también brinda charlas en  escuelas primarias y secundarias donde explican la problemática que atraviesan los animales en la zona. Pronto las extenderán a los jardines de infantes ya que consideran que serán esas niñas y niños quienes cambiarán el mundo y la relación con los animales.

—Son un grupo camino a ser una Asociación Civil ¿cómo hacen para cubrir los gastos que tienen?

—Entre nosotras ponemos un mínimo mensual de dinero para tener una base que nunca logramos porque siempre hay un animal para rescatar. Y cada rescate implica mucho dinero. Pero, rescatar a un animal no es simplemente sacarlo de donde está sino que ese es el inicio del camino: hay que darle atención veterinaria, comprar medicamentos, comida, etc.

¿Qué es lo que más necesitan?

—Nos ayudaría mucho tener un batán. Eso simplificaría los rescates y nos ayudaría para ahorrar mucho porque los que hoy alquilamos cobran por kilómetro. Con uno propio podríamos ayudar a más animales. Imagínate que rescatar solamente a un caballo implica casi $7000, mínimo. A eso hay que sumarle la pensión, el veterinario, el estudio de anemia, las vacunas, más el devastador. ¡Significaría mucho para nosotros tener nuestro propio batán!

Contaste los gastos que tienen y la manera de conseguir dinero… ¿Te privás de comprarte algo que querés para ahorrar ese dinero?

—¡Si! ¡Todas lo hacemos! Una proteccionista o rescatista se priva de muchas cosas y después nos damos cuenta de que ¡nunca nos compramos algo!—se ríe— Pero queda una satisfacción en el alma después de cada rescate que es inimaginable. ¡Y cuando cerrás el círculo del animal es impagable! Es algo que se vive y no se puede explicar la satisfacción que genera el saber que cambiaste una vida. También perdemos animales, pero por lo menos lo intentamos.

¿Cómo vivís esas pérdidas?

¡Con dolor! El año pasado rescatamos a Azteca, una yegüita, en Hurlingham que tenía anemia positiva. Cuando supimos eso nos pusimos muy mal porque la veíamos bien y sabíamos qué iba a pasar: en la provincia de Buenos Aires cuando un equino tiene anemia positiva el laboratorio automáticamente da aviso al Senasa que se comunica con los veterinarios para los sacrifiquen. La otra opción es el matadero, así que decidimos dormirla. La veíamos caminando y en un segundo, dormida.

Claudia se quiebra y el recuerdo de Azteca la conmueve hasta las lágrimas porque la yegua con la que tanto se encariñó estaba preñada y cree que no pudieron hacer más por ella ni su cría. “Esas son cosas muy duras, difíciles”, lamenta.

Pero del otro lado de ese dolor, como lo explicó, está la emoción de lo que se logra. “Sabés que fuiste partícipe del cambio de una vida y que ya no habrá golpes“.

Fuente: www.infobae.com